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El estrecho de Ormuz: el talón de Aquiles energético del mundo fósil

El estrecho de Ormuz: el talón de Aquiles energético del mundo fósil

Por Ignacio Mártil
Resumen gráfico del post.

Hay lugares en el mundo cuya importancia trasciende la geografía y se convierte en pura geopolítica. El estrecho de Ormuz es, probablemente, el más crítico de todos ellos. Por sus apenas 40 kilómetros de anchura circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado (GNL) del planeta. La región del Golfo en su conjunto, al alcance de drones de bajo coste, representa el 30 % de la producción mundial de petróleo y cerca del 20 % de la de gas.

También es una ruta fundamental para el comercio de fertilizantes, aluminio, azufre, amoníaco y helio. No hay ningún otro cuello de botella en el sistema mundial de materias primas por el que pase tanto a través de tan poco. Es decir, es una arteria energética global cuyo bloqueo está teniendo consecuencias inmediatas y devastadoras. Lo estamos viendo en estos días.

La seguridad energética global ha dependido históricamente de cadenas de suministro geográficamente concentradas, donde el bienestar de la economía de Italia o Bélgica queda supeditado a la estabilidad política de un estrecho situado a miles de kilómetros. Este riesgo es el argumento definitivo para la tan traída y llevada Transición Energética, es decir, la electrificación basada en recursos autóctonos no es solo una meta ambiental, sino que es la única póliza de seguro real contra el chantaje energético y el caos logístico.

En un reciente informe del “think tank” energético Ember, que resumo en este post (todas las imágenes que aparecen aquí las he extraído de ese informe), se ponen cifras a esta fragilidad y se  lanza una advertencia contundente: el mundo fósil no solo es contaminante, sino también estratégicamente inseguro. Y, en ese contexto, el estrecho de Ormuz emerge como el ejemplo más claro de hasta qué punto nuestra economía sigue dependiendo de un sistema energético del siglo XX.

La dependencia fósil: una fragilidad sistémica

Un dato tan simple como inquietante: aproximadamente las tres cuartas partes de la población mundial viven en países importadores de combustibles fósiles. Cincuenta países importan más de la mitad de su energía primaria en forma de combustibles fósiles. España, Italia y Alemania, por ejemplo, importan más de dos tercios de su energía. Japón y Corea, más del 80 %; la India, el 40 %, y China, el 25 %. Cuando las rutas comerciales se ven amenazadas, estos países quedan expuestos.

La dependencia de las importaciones de combustibles fósiles está muy extendida (página 5).

En 2024, los países importadores gastaron alrededor de 1.7 billones de dólares/euros en importaciones de combustibles fósiles. Y hay un efecto multiplicador especialmente crítico: cada aumento de 10 dólares/euros por barril de petróleo supone un incremento de unos 160.000 millones de dólares/euros anuales en la factura global. Es decir, la volatilidad no es un problema puntual, es una característica inherente del sistema.

Ormuz: el punto más crítico del sistema energético global

Como ya he indicado en el punto anterior, el estrecho de Ormuz no es solo un paso marítimo; es el nodo central del comercio energético mundial. Cualquier interrupción, incluso temporal, tiene efectos inmediatos, tal y como ya está pasando y vemos reflejado en subidas abruptas de precios, interrupciones en cadenas de suministro y un fuerte impacto directo en industria, transporte y generación de energía eléctrica. En otras palabras, el sistema energético global depende de un “único punto de fallo”, y esto es una debilidad crítica.

El estrecho de Ormuz es el punto de estrangulamiento de materias primas más vulnerable del planeta (página 4).

El problema no es el evento en sí, sino la exposición estructural del sistema energético mundial. Un sistema energético robusto no debería ser tan dependiente de perturbaciones tan localizadas en un único punto. Si Europa vivió su “momento Ucrania” en 2022 con el gas ruso, Asia podría enfrentarse ahora a su equivalente con Ormuz.

Países como Japón, Taiwán, Corea del Sur, India o Tailandia dependen en gran medida de esta ruta para su suministro energético. Esto introduce un riesgo sistémico para algunas de las economías más dinámicas del planeta. Pero, a diferencia de Europa en 2022, existe una diferencia clave y es que hoy las alternativas tecnológicas están mucho más maduras.

El nuevo paradigma de la seguridad energética: electrificación y renovables

La verdadera seguridad energética no se consigue con más combustibles fósiles, sino con menos dependencia de ellos. Las soluciones ya existen y están desplegándose a gran escala:

Electrificación del transporte

Los vehículos eléctricos ya son competitivos en muchos mercados y podrían reducir la factura de importación de petróleo en más de un tercio. Esto significa un ahorro de unos 600.000 millones de dólares/euros anuales. Posiblemente, este es el factor que más claramente refleja cómo podríamos dejar de depender del petróleo.

Los vehículos eléctricos ya existentes evitaron un consumo de petróleo equivalente al 70% de las exportaciones de Irán en 2025 (página 12).

En muchos países, especialmente en las economías emergentes de Asia, el rápido despliegue de vehículos eléctricos ya está frenando el crecimiento de la demanda de petróleo. En la actualidad, hay cuarenta países que tienen una cuota de ventas de vehículos eléctricos superior al 10%, frente a solo cuatro en 2019.

El año pasado, China alcanzó, por primera vez, más del 50 % de cuota de ventas de vehículos eléctricos, Vietnam (38 %) superó a la UE (26 %), Tailandia (21 %) e Indonesia (15 %) a EE. UU. (10 %), mientras que India (4 %) y Brasil (9 %) registraron cuotas más altas que Japón (3 %).

Los mercados tradicionales del automóvil están siendo superados a medida que los nuevos mercados de vehículos eléctricos comienzan a despegar (página 13).

Energía solar y eólica, almacenamiento y flexibilidad

Gracias a la energía solar y a la eólica, los costes de producción de energía eléctrica están en caída continua. Su capacidad para ser instaladas de forma modular y descentralizada permite una fortaleza que las grandes centrales térmicas no pueden ofrecer. Además, la producción local elimina de raíz la dependencia geopolítica.

El otro punto clave de la Transición Energética son las baterías y los sistemas híbridos, gracias a los que se puede gestionar la intermitencia de las renovables, unido a la reducción de la necesidad de utilizar los combustibles fósiles como respaldo. El almacenamiento en baterías (BESS), la hidroeléctrica de bombeo y, en el futuro, el hidrógeno verde, actúan como los nuevos “amortiguadores” del sistema.

La seguridad ya no reside en tener un depósito de gas lleno, sino en tener una red capaz de equilibrar oferta y demanda en milisegundos. He analizado la enorme importancia del almacenamiento en otros post publicados en esta web. En conjunto, estas tecnologías podrían reducir en torno a un 70 % la factura de importación de combustibles fósiles en los países dependientes.

Del combustible a la infraestructura

El mundo fósil se basa en el movimiento constante de recursos físicos como petróleo, gas y carbón, con la vulnerabilidad geopolítica que acarrea. El sistema eléctrico renovable funciona de forma radicalmente distinta, ya que la energía se genera localmente y se distribuye a través de redes, lo que transforma completamente el concepto de seguridad energética.

Es, en esencia, un cambio de paradigma industrial basado en la electrificación del transporte, la expansión de las renovables y la mejora de la eficiencia energética. El bloqueo del estrecho de Ormuz, paradójicamente, podría acelerar este proceso, puesto que cada crisis energética refuerza el argumento para abandonar los combustibles fósiles.

No obstante, el camino hacia la independencia energética no está exento de obstáculos:

  • Permisos y burocracia. El despliegue de infraestructuras a menudo se ve frenado por procesos administrativos lentos. La seguridad nacional exige que la transición eléctrica sea tratada como una prioridad de Estado.
  • Cadenas de suministro de minerales críticos. Hemos pasado de la dependencia del gas a la dependencia de minerales como el litio, el cobre o las tierras raras. He analizado esta cuestión clave en otros post.
  • Integración de la red. El reto técnico de gestionar una red con alta penetración de renovables requiere una actualización profunda de los sistemas de control y protección. El apagón del 28 de abril de 2025 es un buen ejemplo.

La lección estratégica de Ormuz

El estrecho de Ormuz no es solo un punto en el mapa, es el símbolo de un sistema energético que ha llegado a sus límites: es vulnerable, es volátil, es dependiente y es geopolíticamente frágil. La transición hacia la independencia energética traslada la seguridad desde las rutas marítimas hacia la ingeniería de redes. El éxito del sector eléctrico en esta década no se medirá solo en MWh generados, sino en la capacidad de desconectar nuestra prosperidad de la volatilidad de la geografía.

La soberanía del electrón es, en última instancia, la garantía de que el interruptor siempre funcione, sin importar qué ocurra en las costas del Golfo Pérsico. En algún momento, el estrecho de Ormuz volverá a abrirse, los precios bajarán y la crisis dejará de ocupar los titulares. Pero la lógica estructural no cambiará y la próxima crisis no tardará en llegar.

Cada año de dependencia continuada de las importaciones de combustibles fósiles es un año más de exposición a un sistema que ha demostrado, una y otra vez, que no es fiable.

La tecnología para acabar con esa dependencia existe. La única pregunta es cuántas crisis más harán falta para convencernos de que el futuro energético será renovable o no será. En el siglo XXI, la verdadera independencia energética no se mide en barriles de petróleo, sino en electrones generados localmente, utilizando el recurso más democrático del planeta: el flujo de electrones a partir del sol y el viento.

Para completar y ampliar el contenido de este artículo, os dejo un vídeo generado por Notebook LM:

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