
Durante más de un siglo, nuestras economías se han construido sobre cimientos fósiles: carbón, petróleo y gas. Han alimentado la industria, el transporte, la calefacción y la generación de electricidad. Pero ese modelo está alcanzando su límite histórico y la actual guerra de Irán lo pone de relieve de una forma cruda y abrumadora. El bloqueo del estrecho de Ormuz es la demostración palpable.
Las emisiones asociadas al uso de combustibles fósiles son responsables de la mayor parte del cambio climático, y su dependencia geopolítica ha sido fuente constante de tensiones y vulnerabilidades. Frente a este panorama, emerge un nuevo vector: la electricidad limpia. No se trata únicamente de producir más electricidad renovable; se trata de electrificar la mayor parte posible del sistema energético, sustituyendo usos fósiles por electricidad descarbonizada. Esto ya no es una ensoñación de cuatro chalados, es una urgencia mundial.
El reciente análisis del “Tink Tank” Ember, The Long March of Electrification, pone cifras y contexto a este fenómeno. A lo largo de las próximas décadas, la electrificación será el eje que estructure la transición energética: un proceso profundo, complejo y, sobre todo, irreversible. Las imágenes de este post están extraídas de ese informe.
Pero esto no ha empezado hace cuatro días, viene de muy lejos. En este post mostraré cómo ha sido esa “Larga Marcha” del título, esa clave silenciosa de la transición energética.
Los comienzos (acelerados) en la década de 1910
La primera ola de electrificación comenzó con una serie de inventos. Edison desarrolló la bombilla incandescente práctica a finales de la década de 1870; Tesla y Westinghouse introdujeron los motores y sistemas de corriente alterna en la década de 1880. Estos avances desencadenaron la primera carrera por la electricidad, centrada en la iluminación y en los sistemas de accionamiento de máquinas que impulsaban cintas transportadoras, bombas y electrodomésticos.
En la década de 1910, los motores eléctricos y las bombillas estaban desplazando rápidamente a tecnologías más antiguas, como las velas, la iluminación de gas y la energía de vapor, tanto en entornos industriales como domésticos. La electricidad pasó de una aplicación a otra: primero impulsó los procesos industriales y las naves de las fábricas, y luego se extendió a los hogares a través de los electrodomésticos y la iluminación.

Los seguidores (rápidos) de la década de 1930
La electrificación comenzó en las economías industriales más prósperas -sobre todo en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Japón-, donde ya existían las condiciones necesarias en cuanto a capital, infraestructuras y demanda. A principios del siglo XX, estos países vivieron una rápida expansión de la electrificación, a medida que la electricidad transformaba las fábricas, los hogares y la vida urbana.
Pero la electrificación no se limitó a los países industrializados. A medida que bajaba el coste de las tecnologías eléctricas, estas se hicieron accesibles a un abanico más amplio de naciones. En la década de 1930, surgió una segunda ola de electrificación en economías como China, la India y partes de Oriente Medio y África. La expansión fue difícil, desigual y, a menudo, limitada por una infraestructura escasa y un acceso restringido al capital. No obstante, la tendencia global hacia la electrificación comenzó a afianzarse.

El período posterior a la Segunda Guerra Mundial supuso una expansión espectacular de la economía mundial. Con la reconstrucción en Europa, la industrialización en Asia y el auge del consumo en América del Norte, la demanda de energía se disparó en casi todas las regiones y sectores. La electricidad no solo siguió el ritmo, sino que superó incluso a los combustibles fósiles de más rápido crecimiento. En las décadas de 1950 y 1960, el consumo mundial de electricidad aumentó aproximadamente un 6 % al año, un 20 % más rápido que el del petróleo y el gas.
Lo que distinguió a la electricidad fue su capacidad para abrir las puertas a formas totalmente nuevas y más eficientes de suministrar energía. La refrigeración, el aire acondicionado y una amplia gama de electrodomésticos y aparatos industriales se hicieron viables a gran escala. Muchos de estos servicios ya existían en formas rudimentarias o exclusivas —las neveras de hielo antes de los frigoríficos, las herramientas manuales antes de las eléctricas—, pero la electricidad los hizo escalables, asequibles y accesibles.

El crecimiento durante la década de 1970, en medio de las crisis energéticas
Las crisis del petróleo de la década de 1970 supusieron un duro golpe para los sistemas energéticos mundiales. Tras décadas de crecimiento casi ininterrumpido, el consumo mundial de energía comenzó a debilitarse. Como se ilustra en la siguiente imagen, el consumo per cápita de petróleo, carbón y gas se estabilizó en la década de 1970 y se ha mantenido sin cambios desde entonces.

2007: el año en el que la electricidad tomó la iniciativa
En 2007, la electricidad se convirtió en la mayor fuente de energía útil (es decir, la energía disponible para el consumidor después de descontar las pérdidas de transformación y transporte) superando a todos los demás vectores energéticos en cuanto a los servicios prestados. En la actualidad, abastece el 34 % de los servicios de energía útil, y su cuota sigue aumentando. En el sector de la construcción, la electricidad proporciona el 45 % de la energía útil, y en la industria, el 35 %.

Este cambio no siempre se refleja en las estadísticas energéticas tradicionales, que se centran en el consumo de energía primaria o energía final. Estos indicadores suelen pasar por alto las pérdidas térmicas inherentes a los combustibles fósiles y, por lo tanto, subestiman el papel de la electricidad.
Pero cuando se mide en términos de energía útil —la energía que realmente proporciona servicios como los kilómetros recorridos por los vehículos o las toneladas de producción industrial—, la electricidad ya ha tomado la delantera. En la actualidad, no solo constituye la parte más importante del sistema energético mundial, sino también su principal motor de crecimiento.
2014: estancamiento del consumo de combustibles fósiles
A medida que avanza la electrificación, su impacto en el consumo de combustibles fósiles se hace más visible, no solo en términos relativos, sino también en volúmenes absolutos. Desde la década de 1980, la cuota de la electricidad en el consumo final de energía ha aumentado en casi todos los sectores. Con el paso del tiempo, una serie de picos y mesetas relativos ha culminado en una meseta absoluta de la demanda de combustibles fósiles.
Los avances en electrificación y eficiencia energética han llevado a que la demanda de combustibles fósiles alcance su punto máximo y se estabilice en dos de los tres principales sectores de uso final: el consumo industrial en 2022 (el último año para el que se dispone de datos detallados) se sitúa por debajo de su nivel de 2014, y la demanda de los edificios en 2022 sigue estando por debajo de su máximo de 2018.
Es muy probable que el transporte alcance su máximo en el año en curso, aunque la confirmación tardará uno o dos años más. Entre 2018 y 2023, el 63 % del crecimiento de la demanda final de energía procedió de la electricidad, y solo el 5 % de los combustibles fósiles.

Entre 2000 y 2018, la demanda de combustibles fósiles creció un 1,8 % anual; entre 2018 y 2023, ha crecido un 0,1 % anual. La era de la rápida expansión estructural del uso de combustibles fósiles ha terminado. La demanda se mantiene ahora en una meseta elevada. El crecimiento de la electricidad ha impulsado el pico de la demanda final de combustibles fósiles en un país tras otro. Casi dos tercios de los 155 países analizados por la AIE habían alcanzado un pico en la demanda final de combustibles fósiles en 2019.
En el próximo post veremos las características del momento decisivo en el que nos encontramos en la actualidad.
Para completar y ampliar el contenido de este artículo, os dejo un vídeo generado por Notebook LM:










