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2024: Año clave en la transición energética y puente de un nuevo modelo económico

La transición energética es un proceso que afecta a todos los niveles y sectores, y que, por razones normativas, económicas y sobre todo medioambientales, resulta irrenunciable. Más allá del incremento en el uso de fuentes de energía renovables en todos los segmentos de actividad, principalmente en la industria, esta transición puede suponer una transformación del modelo económico actual por otro más abierto al desarrollo y al futuro.

Actualmente, mientras que aumentamos nuestra capacidad renovable, en contrasentido estamos reduciendo la demanda de electricidad y la penetración del autoconsumo no es la única causa. La implantación de industrias electrointensivas es una excelente solución para equilibrar el balance energético y acompasar la demanda de electricidad con el aumento de potencia de generación renovable disponible.

Estamos delante de una oportunidad histórica para atraer tejido industrial, pues ya no somos aquel país de la década de los 60 del siglo pasado que atrajo industrias por disponer de mano de obra barata. Ahora tenemos potencial para que nuestra propuesta a la industria se base en un sistema energético que le garantice seguridad de suministro a un precio competitivo y libre de emisiones de GEI (Gases de Efecto Invernadero), tres requisitos que demanda la industria actual con futuro.

Disponemos en España de un amplio territorio, sol y viento que nos sitúa en una posición excepcional para atraer inversiones industriales. Ampliar nuestro tejido industrial propone unas perspectivas mucho más interesantes que fomentar nuestro crecimiento económico en otros sectores con menor valor añadido en los que ya tenemos un peso suficiente. 

Un país sin energía y sin innovación es un país sin futuro

Es momento de hacer una reflexión estratégica objetiva y coherente. Las energías renovables aportan independencia energética con amplios beneficios, ecológicos y económicos. España tiene varias asignaturas pendientes, como definir qué infraestructuras energéticas se precisan, y analizar al completo el mix de generación eléctrica y energética.

Todo ello junto con el establecimiento de un marco normativo más estable, con medidas que nos dirijan hacia la economía descarbonizada compuesta principalmente de electricidad renovable y biocombustibles. Asimismo, se ha de contemplar que una parte de esta electricidad se destine a la producción de hidrógeno verde como fuente energética en aquellas industrias y procesos que no se puedan electrificar.

El incremento en el consumo de renovables es un paso fundamental para acometer el proceso de transición energética a un modelo descarbonizado y sostenible, pero no suficiente. Tiene que ir acompañado de una serie de hitos aún pendientes, lo que yo nombro como “EFECTO 5-D”: un modelo descentralizado, descarbonizado, digital, democrático y data driven (explotación masiva de datos para la toma de decisiones). Esto hace necesario un refuerzo de las redes y un marco normativo propicio.

Aquellos territorios que consigan implementar esta transición atraerán inversiones industriales por una cuestión de competitividad. Un paso fundamental a cubrir es dotar a las redes eléctricas de la suficiente capacidad para gestionar toda la nueva energía renovable que se produzca. Para ello, se ha de transformar la actual red radial en una red mallada a partir de la ampliación y digitalización de la red de transporte y distribución.

¿Con innovación o sin ella?

Tenemos que afrontar un dilema como país: ¿Queremos crecer con innovación o sin ella? Por supuesto que podemos crecer sin innovación y, de hecho, lo hacen una mayoría de países. Crecen a costa de salarios bajos que atraen empresas de otros países y ese modelo, sin embargo, tiene fecha de caducidad al estar sometido a una creciente presión en costes. Eso ya pasó en la industria española y empieza a pasar en China. Este es un modelo al alcance de muchos, lo que incide en aumentar la tensión competitiva al extremo y limita la generación de riqueza distribuida.

La última forma de competir es competir con innovación, es decir, haciendo cosas diferentes, apoyándote en tus ventajas competitivas, ya sea por eficiencia u ofreciendo nuevas propuestas. Por eso construir territorios innovadores es tan importante, y la mayoría de estos van asociados a la industria.

Si queremos innovar en procesos y en energía, nos harán falta más ingenieros y técnicos y, para ello, tenemos que crear un ecosistema propicio a su desarrollo profesional, tal y como me he pronunciado tantas veces. Necesitamos crear talento y, a la vez, importarlo en lugar de exportarlo, como ya sucede con la marcha de tantos jóvenes con alta cualificación a otros países en busca de mejores oportunidades.

Hacia la reindustrialización

Tras la necesaria e inevitable reconversión de la siderurgia, construcción naval, minería y otras empresas públicas en pérdida desde hace tres décadas, España dejó de ser una potencia industrial, con un peso en el PIB español que no ha dejado de descender (en el 2000, era del 18,7 % y, en la actualidad, apenas llega al 16 %).

Sin industria cada vez se produce menos riqueza. Con la pérdida de peso industrial, baja la productividad y la capacidad tecnológica, con sueldos cada vez peores, afectando a la recaudación fiscal, a las arcas públicas que deben financiar el estado del bienestar.

Debemos afrontar el futuro y empezar 2024 aprovechando nuestras bazas: potencial renovable, buenos ingenieros y técnicos, y las oportunidades que ofrecen los fondos europeos Next Generation. Debemos tomarnos en serio la reindustrialización y revertir el actual modelo basado en turismo y construcción, e invertir en sectores tecnológicos y digitales básicos en la llamada “Nueva economía descarbonizada”.

Progresar desde la descarbonización

Alcanzar el objetivo de descarbonizar las economías a 2050 “NET ZERO” requiere una aceleración de la transición energética. También requerirá cambios estructurales, incluida una redistribución sustancial de la mano de obra y el capital de actividades intensivas en emisiones a actividades más ecológicas, prestando atención a un nuevo factor competitivo como es la fijación del precio del carbono como medida drástica de reducción de las emisiones de GEI.

La descarbonización no obstaculizará el aumento de la productividad y el crecimiento económico, sino todo lo contrario. Poner un precio a las emisiones actúa como elemento disuasorio para la producción y el consumo de bienes intensivos en carbono, y estimula la innovación y la inversión en tecnologías bajas en carbono. Las tasas e impuestos resultantes son ingresos públicos que deben servir para impulsar y financiar las inversiones necesarias hacia el nuevo modelo económico sostenible.

En el camino hacia la descarbonización, la transformación digital tendrá un papel fundamental, siendo un motor del crecimiento de la productividad.

En busca de nuevo talento digital

El capital humano es fundamental para garantizar la adopción y el uso efectivo de las tecnologías digitales aplicables a la transición energética hacia un sistema descarbonizado. Por lo tanto, todos los esfuerzos son pocos para reforzar las competencias digitales en los planes de estudios escolares, y reforzar la formación profesional y la formación de aprendices.

El aprendizaje permanente tiene un papel fundamental que desempeñar a la hora de permitir que todos los empleados y solicitantes de empleo sigan el ritmo de la transformación digital y no se queden atrás. Para ello, es necesario aumentar la inversión en formación, dando a las personas la oportunidad de adquirir o mejorar las competencias digitales que permitan alcanzar los retos energéticos como medio hacia la descarbonización en un contexto demandante de nuevo talento.

Como me despido siempre. A todos los que esto os interesa, os espero en mis próximos artículos, con los que propongo prestar atención al futuro sin perder de vista el presente.

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