Mi tío tiene un bar en Atocha. Lo heredó de mis abuelos y lleva en él trabajando desde hace 45 años. Son dos personas en invierno y tres en verano para reforzar la terraza.
Hace un tiempo acudió a urgencias porque, de manera súbita, dejó de ver por un ojo. Después de 12 horas de pruebas, el diagnóstico fue un infarto ocular. Un coágulo viajó por su sistema circulatorio hasta depositarse en el ojo. Suerte que no llegó más arriba.
Cuando hablé con él, me contó lo que había pasado: “Estaba trabajando y dejé de ver por el ojo derecho. Fui a Urgencias y de ahí me derivaron rápidamente al hospital. Me atendieron al momento y me hicieron mil pruebas; tenemos una sanidad pública cojonuda. Ahora necesito medicación y más pruebas”.
A lo que le dije: “Vaya susto, tío. ¿Y cómo estás?”, y me respondió: “Bien, trabajando”. Acto seguido no pude evitar preguntarle: “¿Pero ves?”, y me contestó: “No, pero tengo que seguir trabajando. El martes a primera hora ya estaba poniendo cafés. Si no trabajo, hija, no como. Además, sabes que tengo que ayudar a tu primo a pagar la academia de Policía”.
Hace cinco años le pusieron una prótesis de cadera y seguía poniendo cafés, sujetándose con la muleta.
En mi familia, la sangre no es especial, creo que yo lo sabría. Pero mi tío debe tener algo; algo que le hermana con el resto de autónomos. Es una resistencia que no se puede explicar.
Los autónomos, el motor del país
El año pasado, aproximadamente un millón de personas en España no acudieron cada día a su puesto de trabajo debido a una incapacidad temporal. No lo juzgo porque detrás de cada persona hay una historia que desconocemos.
Y luego tenemos a los tres millones de autónomos que viven en un código aparte, en una realidad donde la enfermedad es un lujo. No es que tengan una biología distinta; es que tienen un compromiso que desafía a la medicina.
Lo de mi tío no es heroísmo, es algo mucho más silencioso y, por tanto, más increíble. Él pertenece a una generación de hierro.
Ser autónomo en este país es pertenecer a una estirpe que no entiende de incapacidad temporal. Son personas que sujetan la economía mientras levantan persianas.
Este blog va por ellos. Por los que, como mi tío, consideran que un infarto ocular es sólo un contratiempo entre el turno de mañana y el de tarde. Por esa resistencia inexplicable que mantiene en pie los negocios. Porque, si ellos se detienen, este país se apaga.
Por todos esos autónomos que hoy, a pesar de todo, han vuelto a abrir.











Gracias por este modesto homenaje a tu tío y los que como él, sostienen una parte de la economía de este país y se buscan la vida día tras día, sin muchas exigencias y aun menos dependencia.